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sábado, 2 de mayo de 2026

Antonio Labriola sobre el Estado: «No es más que la ordenación positiva y forzada de un determinado dominio de clase»

«Exceptuando algunos momentos críticos en que las clases sociales, por extrema incapacidad para mantenerse en una condición de relativo equilibrio por adaptación, entran en una más o menos prolongada crisis de anarquía, y haciendo excepción de aquellos singulares catástrofes hacia las cuales se precipita todo un mundo, como cuando la caída del imperio romano de Occidente, o cuando la disolución del Califato; desde que tenemos memoria de historia escrita, el Estado aparece, no sólo como el ápice y como el vértice de la sociedad, sino como el regidor de ésta. El primer paso que el ingenuo pensamiento ha dado en orden tal de consideraciones, consiste en este enunciado: el regidor es el autor. 

Haciendo además abstracción de ciertos breves períodos de democracia ejercida con la viva conciencia de la soberanía popular, como sucedió en algunas ciudades griegas, y señaladamente de Atenas, y en algunas comunas italianas, de Florencia sobre todo −que eran, no obstante, de hombres libres, dueños de esclavos las primeras, y los segundos de ciudadanos privilegiados que explotaban al forastero y la campiña−, la sociedad regida por el Estado fue siempre de una mayoría en manos de una minoría. De modo que la mayoría de los hombres ha aparecido en la historia como una masa regida, gobernada, guiada, explotada y maltratada, o por lo menos, como una multicolor conglomeración de intereses que unos pocos individuos debían reglamentar, manteniendo en equilibrio las divergencias, por presión o por compensación.

De aquí la necesidad de un arte de gobernar, y como este arte es lo primero que se evidencia a los observadores de la vida colectiva, natural era que la política apareciese como autora del orden social y como el índice de la continuidad en la sucesión de las formas históricas. Quien dice política, dice actividad, que hasta cierto punto nos conduce con designio, es decir, hasta que los cálculos no chocan con ignoradas o inesperadas resistencias. Convertido el Estado, por lo que sugería la imperfecta experiencia, en autor de la sociedad, y la política en autora del orden social, era consiguiente que los históricos narradores o razonadores estuviesen inclinados a reponer lo esencial de la historia en el sucederse de las formas, de las instituciones y de las ideas políticas. No importaba al común raciocinio saber dónde se había originado el Estado y en donde se encontraba el fundamento de su perpetuación. Es sabido que los problemas de índole genésica surgen bastante tarde. Existe el Estado y encuentra su razón en su actual necesidad: y tan verdad es esto, que la fantasía no ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha prolongado su existencia conjetural hasta los primeros orígenes del género humano. Dioses o semidioses y héroes fueron sus institutores, por lo menos en la mitología; como en la teología medieval, el Papa actúa de fuente prima, y por esto divina y perpetua, de toda autoridad. En nuestros tiempos actuales aún hay viajeros inexpertos y misioneros idiotas que en todas partes encuentran al Estado, allí donde, como entre los bárbaros y los salvajes, no es más que la gens, o la tribu de las gens, o la alianza de las gens.

jueves, 11 de enero de 2024

¿Por qué Labriola exigió la entera recopilación y traducción de las obras de Marx y Engels con sus respectivos prefacios explicativos?

«Aquellos que, para un primer comienzo deseen ocuparse de la doctrina en cuestión con pleno conocimiento de causa puedan hacerlo con la menor dificultad posible y en posesión de las fuentes, me parece que sería el deber del partido alemán darnos una edición completa y crítica de todos los escritos de Marx y de Engels; −espero una edición acompañada de prefacios explicativos, de referencias, de notas y de indicaciones−. Esto sería ya una obra tan meritoria como la de evitar a los viejos libreros la posibilidad de hacer especulaciones indecentes −de esto sé algunas cosas− con los raros ejemplares de libros antiguos. A las obras ya aparecidas en forma de libro o folleto es necesario agregar los artículos de diarios, manifiestos, circulares, programas y todas aquellas cartas que, teniendo un interés público y general, bien que privadas, tengan importancia política o científica.

Este trabajo no puede ser emprendido más que por los socialistas alemanes. Nadie menos alemanes que Marx y Engels, en el sentido patriótico y patriotero que para muchos tiene la palabra nacionalidad. La estructuración de sus pensamientos, la marcha de sus producciones, la organización lógica de sus puntos de vista, su sentido científico y su filosofía han sido el fruto y el resultado de la cultura alemana; pero la sustancia de lo que han pensado y expuesto está todo por entero en las condiciones sociales que se habían desenvuelto, hasta los años más maduros de su vida, en gran parte fuera de Alemania, y particularmente en aquellos países de la gran revolución económico-política que, desde la segunda mitad del siglo XVIII, ha tenido su base y desarrollo principalmente en Inglaterra y en Francia. Ellos han sido, desde todo punto de vista, espíritus internacionales. Pero, sin duda, no es más que entre los socialistas alemanes, comenzando por la Liga de los Comunistas, hasta el programa de Erfurt y hasta los últimos artículos del prudente y ponderado Kautsky, que se halla la continuidad de tradición y la ayuda de la experiencia constante que es necesaria para que la edición crítica halle en las cosas mismas y en la memoria de los hombres los antecedentes indispensables para hacer de ella una obra perfecta y plena de vida. No se trata de elegir. Toda la actividad científica y política, toda la producción literaria, hasta los trabajos de circunstancias de los dos fundadores del socialismo científico, deben ser puestas al alcance de los lectores. No se trata, por cierto, de compilar un «corpus iuris», ni de redactar un «Testamentum iuxta canonem receptum», sino de reunir los escritos en un conjunto orgánico, para que ellos hablen directamente a todos los que tengan deseos de leerlos. Es así solamente que los escritores de otros países podrán tener a su disposición todas las fuentes que, conocidas en otras condiciones, por reproducciones dudosas o por vagos recuerdos, han producido este extraño fenómeno: que no había sobre marxismo, hasta hace poco tiempo, casi ningún trabajo en otra lengua más que en alemán que fuera el resultado de una crítica documentada, sobre todo si salían de la pluma de escritores de otros partidos revolucionarios o de otras escuelas socialistas. El tipo de éstos es el de los escritores anarquistas, para los cuales, especialmente en Francia y en Italia, el autor del marxismo no parece haber vivido más que para ser el verdugo de Proudhon y el adversario de Bakunin, cuando no el jefe de la escuela que es para Marx precisamente el más grande de los crímenes, es decir, el representante típico del socialismo político y, por lo tanto, −¡oh, infamia!− del socialismo parlamentario.

Todos esos trabajos tienen un fondo común: el materialismo histórico, entendido en el triple sentido de tendencia filosófica en la concepción general de la vida y del mundo; de crítica de la economía, que por su esencia no puede ser reducida a leyes sino en tanto representen una fase histórica determinada, y de interpretación política, sobre todo de la que es necesaria y sirve para la dirección del movimiento obrero hacia el socialismo. Estos tres aspectos, que enumero aquí de una manera abstracta, como conviene para la comodidad del análisis, no son más que uno en el espíritu de los mismos autores. Estos trabajos −salvo el «Anti-Dühring» (1878) de Engels y el primer volumen de «El Capital» (1867), no parecerán nunca a los lectores acostumbrados a la tradición clásica, compuesto según las reglas del arte de «hacer el libro»− son en realidad monografías y, en la mayor parte de los casos, trabajos de circunstancias. Son los fragmentos de una ciencia y de una política que están en perpetuo devenir, y que otros −no digo que esto sea el trabajo de cualquiera− deben y pueden continuar. Luego, para comprenderlos completamente es necesario relacionarlos a la vida misma de sus autores; y en esta biografía hay como el rasgo y el surco, y a veces el índice y el reflejo, de la génesis del socialismo moderno. Aquellos que no siguen esta génesis buscarán en estos fragmentos lo que no se encuentra y lo que no debe encontrarse, por ejemplo: respuesta a todos los problemas que la ciencia histórica y la ciencia social pueden ofrecer en su desenvolvimiento y en su variedad empírica, o una solución sumaría de los problemas prácticos de todos los tiempos y de todos los lugares. Y, por ejemplo, en este momento, con respecto a la cuestión de Oriente, en el que algunos socialistas nos ofrecen el espectáculo extraordinario de una lucha entre el idiotismo y la temeridad, por todas partes se oye invocar al marxismo [5]. En efecto, los doctrinarios, los presuntuosos de toda especie que tienen necesidad de ídolos del espíritu, los hacedores de sistemas clásicos buenos para la eternidad, los compiladores de manuales y de enciclopedias, buscarán a tontas y a locas en el marxismo lo que él no ha querido ofrecer jamás a nadie. Aquéllos ven en el pensamiento y en el saber alguna cosa que existe materialmente, pero no entienden el saber y el pensamiento como actividades que son «in fieri» [un proceso en curso]. Estos son metafísicos en el sentido que Engels atribuye a esta palabra y que, en verdad, no es la única que tenga y se le pueda atribuir, en el sentido, en fin, que Engels le atribuye por constante exageración de la característica que Hegel aplicaba a los ontologistas como Wolf y sus secuaces.

Pero Marx, publicista incomparable, cuando escribía, en el período que va de 1848 a 1850, sus ensayos sobre la historia contemporánea y sus memorables artículos de diario, ¿tuvo jamás la pretensión de ser un historiógrafo consumado? No hubiera podido serlo nunca porque no tenía ni vocación ni aptitudes. O bien, Engels, escribiendo el «Anti-Dühring» (1878), que es todavía la obra más completa del socialismo crítico y que contiene en pocas cosas casi toda la filosofía que es necesaria para la comprensión del socialismo, ¿ha tenido jamás la intención de recoger, en un trabajo tan corto y bosquejado, todo el saber universal y marcar para la eternidad los límites de la metafísica, de la psicología, de la ética, de la lógica, etc., cualquiera sea el nombre que lleven, o aún, por razones intrínsecas de división objetiva, o para comodidad y vanidad de los que enseñan, establecer las secciones de la enciclopedia? ¿Y es «El Capital» (1867) una de esas numerosas enciclopedias de todo el saber económico, con el que actualmente los sabios, especialmente los profesores alemanes, llenan el mercado?

jueves, 2 de marzo de 2023

Entonces, ¿nunca ha coqueteado el marxismo-leninismo con nociones mecanicistas, místicas o evolucionistas?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Si bien hemos demostrado que entre marxismo y positivismo median kilómetros de distancia, ¿tiene sentido preguntarnos si el marxismo ha flirteado con esos pronósticos o algunos otros muy parecidos? ¿Ha pregonado alguna vez el «triunfo inevitable de su causa» por la «razón de sus valores, consignas o cálculos»? ¿Ha acabado en un «determinismo histórico», donde todo parecía sellado y destinado a que se consumase un plan o discurrir histórico ya descubierto? ¿Se han barnizado las tradiciones y mitos nacionalistas bajo ropajes rojos y hasta revolucionarios? ¿Se han justificado todo tipo de aberraciones, incluido el paternalismo con los pueblos coloniales, con la excusa de «favorecer el «desarrollo de las fuerzas productivas»? Pues claro. Lejos de lo que proclamaba un enfervorecido Plejánov:

«Pórtense seriamente, reflexionen atentamente acerca del sentido de nuestras palabras, no nos atribuyan sus propias invenciones y no se apresuren a descubrir contradicciones, ni en nosotros, ni en nuestros maestros, que no las hay ni las hubo jamás». (Gueorgui Plejánov; La concepción monista de la historia, 1895)

Les daremos una triste noticia: los padres del socialismo científico no estaban exentos de meteduras de pata, especulaciones y contradicciones. Ni Marx ni Engels ni ningún pensador de renombre ha nacido sabiendo, errar es inherente al desarrollo intelectual de un hombre, aun cuando este es generalmente brillante. Así que pasemos a repasar los mejores patinazos de los representantes del marxismo-leninismo, tengan que ver o no con conceptos «positivistas». Esto implicará que para deshacer este hechizo hemos de rescatar algunos de los libros y comentarios, tanto conocidos como desconocidos, de Marx y Engels, así como de sus más conocidos discípulos: Kautsky, Labriola, Bebel o Lenin.

Dicho esto, el presente capítulo no pretende ser una recopilación de todos y cada uno de los errores, desatinos o falsos pronósticos de los autores marxistas, algo que no solo sería una tarea hercúlea que daría pie, como es normal, a un documento entero aparte, sino que simplemente nos limitaremos a recoger algunos puntos que coincidan con el tema principal que deseamos demostrar.


Friedrich Engels (1820-1895)

Los propios «reconstitucionalistas» criticaban −en este caso de forma acertada− una entrevista de Engels:

«El de Barmen contestaba que «si el crecimiento de nuestro partido continúa en su tasa normal, tendremos una mayoría entre los años 1900 y 1910». (Friedrich Engels; Entrevista de Frederick Engels por el corresponsal del Daily Chronicle a finales de junio, 1893)

Y hemos de recalcar que este extraño «cálculo matemático» se repitió en otras ocasiones −los corchetes son de Lenin−:

«El ejército está lleno de oficiales descontentos que conspiran. [Engels se hallaba entonces impresionado por la lucha revolucionaria de los de Naródnaia Volia y cifraba esperanzas en los oficiales, sin poder ver todavía el espíritu revolucionario de los soldados y marineros rusos, que se reveló con tanto brillo 18 años más tarde]. No creo que el estado actual de cosas perdure ni siquiera un año. Y cuando en Rusia estalle la revolución, entonces ¡hurra!». (Friedrich Engels; Carta a F. Sorge, 9 de abril de 1887)

Esto era poco realista como se comprobó en Rusia con la Revuelta decembrista (1825). Esta fue una intentona de un grupo clandestino de oficiales progresistas, quienes, estando muy influenciados por las ideas y revoluciones liberales de España, Francia, Portugal, Noruega y otros lugares, intentaron derrocar el régimen autocrático del zar. Evidentemente, la principal debilidad de este movimiento residía en una desconfianza hacia los trabajadores, su falta de programa común en cada región, así como su falta de determinación militar en los momentos decisivos. Este aislacionismo e idealización de los héroes fue heredado en parte por los grupos de anarquistas rusos, es decir, los populistas y otros. Véase la obra de M. V. Nechkina: «Los decembristas en el proceso histórico mundial −hacia una metodología de estudio del decembrismo−» (1975).

Esto indica que, si bien Engels se caracterizó en general por combatir el espontaneísmo, en ocasiones también cayó seducido ante una presunta «especificidad» o «excepcionalidad» que le hacía olvidar por un momento las leyes sociales.

miércoles, 20 de abril de 2022

Labriola: «¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia?»

«La mutación en las ideas, hasta la creación de nuevos métodos de concepción, ha venido reflejando paso a paso la experiencia de una nueva vida. Así como ésta, en las revoluciones de estos dos últimos siglos, se ha ido poco a poco despojando de las envolturas míticas, místicas y religiosas a medida que ha ido adquiriendo la conciencia práctica y precisa de sus condiciones inmediatas y directas, así también el pensamiento que resume y teoriza esta vida, se ha despojado á su vez de las presuposiciones teológicas y metafísicas, para encerrarse al fin en esta prosaica exigencia: en la interpretación de la historia es necesario restringirse a la coordinación objetiva de las condiciones determinantes y de los efectos determinados. 

La concepción materialista señala el colmo de esta nueva dirección en el descubrimiento de las leyes histórico-sociales, en cuanto no es un caso particular de una genérica sociología o de una genérica filosofía del Estado, sino el resolvente de todas las dudas y de todas las incertidumbres que acompañan las demás formas de filosofar sobre las cosas humanas, y principio de la interpretación integral de éstas. Es, por consiguiente, cosa fácil, especialmente, como han hecho algunos vulgares criticastros, ir descubriendo los precursores de Marx y de Engels, que por primera vez precisaron los fundamentos de esta doctrina. Jamás se le ocurrió a ninguno de sus secuaces, ni siquiera á los de la observación más estrecha, hacer pasar ti aquellos dos pensadores por fabricantes de milagros. Antes bien, si hay que andar buscando las premisas de la creación doctrinal de Marx y de Engels, no bastará con detenerse en aquellos que llámense precursores del socialismo hasta Saint-Simón y más allá, ni en los filósofos, y especialmente en Hegel, ni en las economistas que declararon la anatomía de la sociedad que produce las mercancías; tendríamos que remontarnos a toda la formación de la sociedad moderna y declarar por último triunfalmente que la teoría es un plagio de las cosas que explica.

Porque, a decir verdad, los precursores efectivos de la nueva doctrina fueron los hechos de la historia moderna, que se ha vuelto perspicaz y reveladora de sí misma desde que se operó en Inglaterra la gran revolución industrial de a fines del siglo pasado, y desde que en Francia se produjo aquella gran laceración social que todos conocemos, cuyas cosas, mutatis mutandis, se han ido después reproduciendo, con diversas combinaciones y formas más benignas, en todo el mundo civilizado. ¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia? ¿y qué es ésta, sino el reflejo y la elaboración mental de las cosas y de los procesos que nacen y se desarrollan o fuera de nuestra voluntad o por obra de nuestra actividad? ¿y qué otra cosa es el genio, sino la individuada y consiguiente y aguzada forma de aquel pensamiento que por sugestión de la experiencia surge en muchos hombres de la misma ápoca, pero que en la mayor parte de ellos permanece fragmentario, incompleto, incierto, oscilante y parcial?

Las ideas no caen del cielo, antes bien, como cualquier otro producto de la actividad humana se forman en dadas circunstancias, en tal precisa madurez de los tiempos, por la acción de determinadas necesidades y por las reiteradas tentativas de dar satisfacción a éstas, y con el descubrimiento de tales y cuales medios de prueba, que son como los instrumentos de su producción y elaboración. Las ideas suponen también un terreno de condiciones sociales y tienen su técnica, y el pensamiento es también una forma del trabajo. Apartar aquéllas y éste, ó sea las ideas y el pensamiento, de las condiciones y del ámbito de su propio nacimiento y desarrollo, es desfigurar su naturaleza y significado.

El tema de mi primer ensayo consistió en enseñar cómo la concepción materialista de la historia nació precisamente en dadas condiciones, es decir, no como personal y discutible opinión de dos escritores, sino como una nueva conquista del pensamiento por la inevitable sugestión de un nuevo mundo que ya se está engendrando, o sea la revolución proletaria. Lo que es como decir que una nueva situación histórica se ha completado con un congruo instrumento mental.

Imaginar ahora que esta producción intelectual podía confirmarse en cualquier tiempo y lugar, es como dar el absurdo por regla de las propias investigaciones. Transferir las ideas, a capricho, del terreno y de las condiciones históricas en que nacieron a cualquier otro terreno, es como si tornáramos por base del raciocinio el simple irracional». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896)

jueves, 30 de septiembre de 2021

Labriola reflexionando sobre las causas de la poca difusión del materialismo histórico

«Usted se queja de la poca difusión que hasta ahora ha tenido en Francia la doctrina del materialismo histórico. Usted se queja de que esta difusión halle obstáculos y resistencias en los prejuicios que provienen de la vanidad nacional, en las pretensiones literarias de algunos, en el orgullo filosófico de otros, en el maldito deseo de parecer ser sin ser y en fin, en la débil preparación intelectual y en los numerosos defectos que se encuentran también en algunos socialistas. ¡Todas estas cosas no pueden ser tenidas por simples accidentes! La vanidad, el orgullo, el deseo de parecer ser sin ser, el culto del yo, la megalomanía, la envidia y el furor de dominar, todas estas pasiones, todas estas virtudes del hombre civilizado, y aún otras, no son de ningún modo bagatelas de la vida; mucho más a menudo parece que ellas son su substancia y nervio. Se sabe que la Iglesia, por lo común, no atrae las almas cristianas a la humildad sino haciendo de ésta un nuevo y más altanero título de orgullo. Y bien..., el materialismo histórico exige, de aquellos que quieren profesarlo con plena conciencia y francamente, una extraña especie de humildad; en el momento mismo en que nosotros nos sentimos ligados al curso de las cosas humanas, donde estudiamos las líneas complicadas y los repliegues tortuosos, es necesario que seamos, a la vez y al mismo tiempo, no resignados y dóciles, sino, por el contrario, llenos de actividad consciente y razonable. (...) Luego, el proletariado que llega a saber con claridad lo que puede, es decir, que comienza a saber querer lo que puede; ese proletariado, en suma, que se pone en buen camino para llegar a resolver –y me sirvo aquí de la jerga un poco hecha de los publicistas– la cuestión social, ese proletariado deberá proponerse eliminar, entre todas las otras formas de explotación del prójimo, también la vanagloria y la presunción y la singular suficiencia de aquellos que se incluyen a sí mismos en el libro de oro de los benefactores de la humanidad. Ese libro también debe ser arrojado al fuego, como tantos otros de la deuda pública. En todas partes de la Europa civilizada los talentos –verdaderos o falsos– tienen muchas posibilidades de ser ocupados en los servicios del Estado y en lo que puede ofrecerles de ventajoso y prominente la burguesía, cuya muerte no está tan cercana, como creen algunos amables fabricantes de extravagantes profecías. No es necesario asombrarse si Engels –véase el prefacio al tercer volumen de «El Capital», observe bien, con fecha 4 de octubre de 1894–, escribía: «Como en el siglo XVI, lo mismo en nuestra época tan agitada, no hay, en el dominio de los intereses públicos, puros teóricos más que del lado de la reacción». Estas palabras tan claras como graves bastan por sí solas para tapar la boca a los que gritan que toda inteligencia ha pasado a nuestro lado, y que la burguesía baja actualmente las armas. La verdad es, precisamente, lo contrario: en nuestras filas son muy raras las fuerzas intelectuales, bien que los verdaderos obreros, por una sospecha explicable, se levanten contra los «habladores» y los «letrados» del partido. (...) Todos aquellos que están fuera del socialismo tienen o han tenido interés en combatirlo, en desnaturalizarlo o al menos en ignorar esta nueva teoría, y los socialistas, por las razones ya expuestas y por otras muchas aún, no han podido dedicar el tiempo, los cuidados y los estudios necesarios para que tal tendencia mental adquiera la amplitud de desenvolvimiento y la madurez de escuela, como la que alcanzan las disciplinas que, protegidas o al menos no combatidas por el mundo oficial, crecen y prosperan por la cooperación constante de numerosos colaboradores. ¿El diagnóstico del mal no es casi un consuelo? ¿No es así que proceden actualmente los médicos con sus enfermos, desde que se inspiran más, como ocurre ahora en su práctica terapéutica, en el criterio científico de los problemas de la vida?». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)